La “vida fácil”: cuestión de silencios, palabras y anos

 

“La vida fácil”: en esa minúscula cápsula de palabras (y significados) está representada en toda su magnitud la maquinaria de simulación que es el sistema patriarcal. Detrás de esa minificción ha sobrevivido en el imaginario colectivo durante siglos la falacia de que una de las actividades más peligrosas y repugnantes (hay fluidos, hedores y sudores de hombres desconocidos de por medio) del mundo es algo idílico. Detrás de esas tres palabras (por nombrar sólo tres), se ocultan millones de hombres depredando sexualmente, torturando y asesinando a mujeres y niñas en la más flagrante impunidad durante siglos: En la vida real, la explotación sexual (conocida eufemísticamente como “prostitución”) es un ejercicio de tortura y muerte para las mujeres.

Por principio de cuentas, es muy evidente que la explotación sexual, además de ser un ejercicio de muerte, es un ejercicio de desesperación: salvo por muy aisladas -y muy privilegiadas- excepciones, las mujeres que arriesgan su vida y su integridad física y emocional así a cambio de unos pesos, son mujeres desesperadas, sin opciones para subsistir en el capitalismo voraz. A ver, seamos claras: si someterse a explotación sexual fuera “vida fácil”, ya estarían el papa católico, el Dalai Lame y todos los políticos del mundo dejándose penetrar por desconocidos treinta veces al día. En el mundo real, sin embargo, el daño que, a cambio de unos cuantos pesos, un putero (hombre que paga por consumir mujeres) puede hacerle a una mujer o niña explotada sin testigo alguno, no tiene ningún límite: entre otras cosas por que, habiéndolas posicionado el sistema (a fuerza de propaganda misógina) como los seres más despreciables en la escala social, el putero es perfectamente consciente de que las instituciones que, en la teoría, existen para castigar sus crímenes, en la realidad actuarán para justificarlo y protegerlo si un día se siente con ganas de torturar (aún más), mutilar o asesinar a una mujer explotada sexualmente.

Todo esto sienta las bases en el poder de la palabra. Y el de los silencios.

Hagamos un brevísimo desmenuzamiento de las palabras que, en el plano de lo real, rodean al oficio más peligroso y nauseabundo en la historia de la humanidad:

Cada vez que nos referimos, de manera casi romántica, a la explotación sexual, ya sea como “vida fácil”, “sexoservicio” o “trabajo sexual”, estamos obviando cuáles son las palabras que involucra ese fenómeno: se trata no sólo de términos que demarcan los territorios más íntimos e intocables de una persona, sino también de los más censurados y transgresores de nuestro idioma, como son ano, vagina, pene, penetración, desgarro anal, eyaculación, sífilis, chancro, transmisión de VIH, violación tumultuaria, pedofilia, etc.

Así, a fuerza de falacias y eufemismos, socialmente se ha ido creando una montaña de silencios alrededor del hecho de que en nuestra “democracia” hay mujeres a) siendo depredadas por hombres b) en su ámbito más íntimo c) varias veces al día d) para poder sostenerse económicamente e) en un sistema que les ha arrebatado todas las otras opciones de supervivencia (de las que incluso el más empobrecido de los puteros goza).

“Pero muchas lo hacen por que les gustaaa”…jajaja, claro…¡desde luego! en el mundo de la simulación ésa, la más inverosímil y fácil de todas, es la salida para evitar enfrentar el panorama de asco, horror y muerte que viven las mujeres forzadas a prostituirse. Porque, caray, si lo hacen por placer ¿por qué cobran? ¿Por qué no trabajan como abogadas, por ejemplo, durante el día, con seguro social, prima dominical, vacaciones pagadas, aguinaldo, y por las noches salen a Tlalpan a darle rienda suelta al gozo (aunque con ello arriesguen la vida) con un montón de perfectos desconocidos? ¡Seguro que tendrían muchísimas más -y mucho mejores – oportunidades de experimentar ese placer si lo ofrecieran gratis! Y si dejarse depredar sexualmente por hombres es tan placentero y fácil, ¿cómo es que no estamos todas las mujeres dedicándonos a ello? ¿O por qué no hay hombres, homosexuales o no, dejándose depredar sexualmente por otros hombres a cambio de dinero, en lugar de estar construyendo casas o sacando muelas para subsistir? Caray, ¡qué pendejos, pudiendo vivir la vida fácil! ¡Y qué loco que sólo a las mujeres en condición de pobreza o desesperación les gusta vivir “la vida fácil”!

La retórica de la prostitución (osea, lo que desde afuera del cuerpo de una mujer explotada sexualmente se habla sobre el tema) está construida sobre eufemismos y falacias. Apenas escuchando hablar a una sobreviviente, como Sonia Sánchez, se entiende que la explotación sexual no sólo nada tiene que ver con “la vida fácil” o con un “empleo”, sino que, más bien, se trata de anos, bocas y vaginas de mujeres en renta, y que –jajaja-, esto no sólo no se reduce al acto de la penetración, sino que implica someterse a un universo atroz y desconocido de violencia y depredación del que, más allá de las secuelas emocionales y sicológicas, una mujer no sabe si va a salir viva, mutilada de por vida (física y emocionalmente) o contagiada de una enfermedad mortal.

Entonces, pienso que para conseguir un acercamiento más objetivo al fenómeno de la explotación sexual de niñas y mujeres sería adecuado comenzar a utilizar las palabrotas -censuradas de tan íntimas y transgresoras- que implica, y a hacernos conscientes de toda la simulación que no hacerlo involucra.

Prostitución o explotación sexual implica, por ejemplo, que un hombre, o varios, desde su posición de privilegio, paguen lo que cuesta una cerveza, o varias, por transgredir a su antojo el espacio más íntimo y sagrado de una niña o una mujer: su cuerpo. Esa cuestión incluye (entre otras, muy inimaginables) desde luego, penetrarlas por el ano, la vagina o la boca y eyacular en cualquiera de esos tan íntimos e intocables lugares para cualquier persona. ¡Suena fuerte, ¿no?! ¡Uy, si nos atreviéramos a decir esas palabrotas en una comida familiar! ¡Uy, si la sexoservidora expusiera en la iglesia (ese lugar para las almas), lo que los feligreses y sacerdotes le hacen cuando “se van de putas”!

Eso no sucede en la vida real. En la vida real lo que tiene que ver con la explotación sexual es la simulación, la hipocresía y el desprecio: para las víctimas de este fenómeno, que no para los depredadores.

Retomemos, por ejemplo, muy brevemente, la cuestión moralina, que no moral, de la “vida fácil”:

  • El foco de atención, por principio de cuentas, está centrado en la mujer abusada, y no en el abusador, es decir: concéntrate en ella, que para vivir “la vida fácil” recibe dinero a cambio de ser usada (no respeta su cuerpo, ¡qué horror!) por pobres hombres necesitados, y no en el abusador, que paga lo que cuesta una cerveza, en muchos casos, o un six, en otros, por depredar a un ser humano (“El feminismo es la idea radical de que las mujeres somos personas”, dijo Angela Davis) sexualmente (la o el que asegure que no hay un acto de depredación implícito, que ponga la primera boca, vagina o ano para ser penetradx por uno o varios desconocidos). A decir verdad, quien vive la vida fácil son ellos, los puteros, desde cualquier ángulo posible. Pero eso en un sistema que sienta sus bases en la simulación, la misoginia y el engaño, es casi imposible de entender.
  • Esa envoltura de pastel en que se nos presenta el fenómeno de la explotación sexual de niñas y mujeres cumple con la función de trastocar los significados, primero, y de invisibilizar, después, el infierno en que se desenvuelve para las víctimas, tal como Sonia, mujer empoderada y valiente, nos hizo favor de explicitar.

Se llama patriarcado. Se llama privilegio. Implica explotación de unas en beneficio de los otros. Implica violencia y opresión. Implica simulación e invisibilización. Implica todo un entramado social que orilla a mujeres sin otra opción, a ellas y no a los hombres, sean pobres o adinerados, a aceptar ser violentadas sexualmente por hombres con tal de subsistir. Porque no es como que una mañana las mujeres explotadas sexualmente en la Merced, por ejemplo, se sentaron en la orilla de su cama a contemplar opciones: ¿qué prefiero ser, antropóloga, pianista, embajadora o sexoservidora? Difícilmente, ¿no?

Pero bueno, si quedan dudas de la lógica propuesta, preguntémosle a alguna sexoservidora en Tlalpan si no hubiera preferido llevar la vida que lleva Marta Lamas. O a las y los actuales Embajadores de México en el mundo si algún día barajaron el “sexoservicio” entre sus opciones profesionales: Y por qué extraño motivo, teniendo opción de elegir, no eligieron la “vida fácil”.

 

Imagen de portada: tribunafeminista.elplural.com

About Lydia Zárate

Lydia Zárate
Feminista. Activista. Creadora y Editora en jefa de la revista digital feminista "La que Arde". Devota de Clarice Lispector.